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Dos ex anoréxicas cuentan cómo han hecho de la comida su medio de vida

Amar lo que más odiabas

 

20/01/2018 - 17:00   

 

El viaje de Ana Casanova y Alma Obregón desde la anorexia hasta la plena recuperación vendría a ser lo mismo que haber salido del infierno de la mano del diablo. La primera se gana la vida con la fotografía gastronómica. La segunda, haciendo cupcakes. Mientras estuvieron enfermas, las dos se entregaron a aquello que era su peor enemigo, y cocinaron hasta decirle basta a su trastorno.

 

Amar lo que más odiabas

 

En el caso de Ana Casanova era su particular forma de cuidar de los demás y contarles que, aunque ella se estuviera autodestruyendo, le seguían importando. Sobre todo a su madre.

Para Alma Obregón, que se fue a vivir sola a Alemania, cocinar se convirtió en una necesidad para poder alimentar lo que se había convertido en su gran pasión: correr. Si no comía, no podía correr.

Puede resultar sorprendente pero, según algunos médicos, el peculiar proceso personal de Ana y Alma no es extraño. Hay anoréxicas que, una vez curadas, estudian para ser psicólogas o enfermeras, mientras que otras mantienen la cocina como una forma de mimar aquello o a aquellos que más quieren.

"Cocinaba para cuidar de los míos”

A Ana Casanova (Montgat, 1978) siempre le había gustado comer y por eso siempre decía “que nunca podría ser anoréxica”. Pero lo fue. Ahora se dedica a la fotografía gastronómica. A los 16 años, ingresó en el hospital Sant Joan de Déu, en la unidad de trastornos alimentarios de la planta 9, justo por debajo de oncología. “Ellos se morían sin quererlo, y nosotras nos estábamos muriendo porque así lo decidíamos”, explica al recordar los cuatro meses que permaneció hospitalizada.

Cayó en la anorexia como tantas otras adolescentes. Nada excepcional. “No es que me viera gorda. Me sentía gorda”, explica. “Siempre he sido poco convencional y me ha gustado ir contracorriente, pero al final fueron un cúmulo de muchas circunstancias”. De aquella época en Sant Joan de Déu recuerda al doctor Francisco Palomero –ya fallecido–, al que considera clave en su recuperación, seguramente porque era tan poco convencional como ella, y que en una sesión le bailó un jota. Ana mide 1,70 y llegó a pesar 40 kilos.

Mientras estuvo enferma, no dejó nunca de cocinar, aunque no probaba nada de lo que preparaba. “Tenía obsesión por que los demás comieran”, cuenta. Sobre todo su madre –que los primeros días en el hospital dormía con ella en una butaca de Urgencias–, a la que le preparaba la merienda hasta con seis tipos distintos de galletas. Más tarde, los médicos le explicaron que esa conducta obedecía de hecho a la voluntad de cuidar de los suyos.

Fue una época en la que era capaz de preparar cuatro tartas en una tarde, leía libros y revistas de cocina y tenía una libreta de recetas, que aún conserva. Al mismo tiempo, contaba y se sabía las calorías de todo lo que comía. Le daba a su perra aquello que sabía que más engordaba.

Trabajó ocho años en una panadería de Montgat, rodeada de panes y bollería

Salió de Sant Joan de Déu con 17 años y 47 kilos. Se empleó en una panadería de Montgat, en la que trabajó ocho años rodeada de pan, croissants y magdalenas. Ella como mucho mordisqueaba una manzana. No fue hasta al cabo de un tiempo que fue capaz de comerse una lionesa, y poco a poco fue picoteando lo que ella misma ayudaba a preparar.

Ana explica que era muy buena estudiante pero, cuando fue el momento de retomar los estudios, decidió que lo que quería estudiar era cocina, y se matriculó en la Escuela Superior de Hostelería de Barcelona. En esos momentos, había vuelto a engordar porque tuvo un episodio bulímico. Dejó las clases al cabo de poco tiempo, porque un profesor se burló de su aspecto. Mientras, seguía en la panadería: “Eres como una yonqui a la que le ponen una bandeja con speed, otra con cocaína, otra con heroína… Si sufres un desorden alimentario, se pasa muy mal, y más si trabajas rodeada de comida (...). Estaba encerrada en el cuerpo que más odiaba”.

Retoma el bachillerato, aprueba la selectividad, pero estudia un grado superior de FP en asesoría de imagen. Por aquel entonces, su cuerpo se ha empezado a regularizar gracias a su pareja, los dietistas y a su propio esfuerzo. Recuerda, perfectamente, el día que empezó a reconciliarse con la comida: “Fue en el Sorrento. Me comí media lasaña y una pizza. Mi familia no se lo podía creer”.

A partir de ahí empezó a aplicar lo que había aprendido como asesora de imagen a las bandejas de bollería de la panadería, a hacer fotos y a cocinar. Una Navidad su padre le preguntó qué quería que le regalara: si una thermomix o una cámara reflex. Ana eligió la cámara y desde entonces aúna su “pasión por las recetas y por cocinar con la fotografía gastro­nómica”.

Se interesó por la gastrosofía (el arte de los placeres de la mesa) y afirma que lo que un día fue su peor enemigo ahora es “la mejor forma de demostrar amor por los demás”. En Instagram a Ana se la conoce por @lovefood­_es.

"Sin comer no podía correr, eso me salvó”

Siempre fue la gordita de la clase, pero es vasca –aunque vive en Madrid– y le gustaba comer. Reconoce que comía mucho. Alma Obregón fue anoréxica y ahora, con 31 años y felizmente embarazada de su primer hijo, tiene una página web en la que publica recetas de repostería (www.objetivocupcake.com), un taller en el que imparte clases y una tienda de accesorios para repostería. Además, su cuenta de Instagram tiene casi 95.000 seguidores. Alma salió de la anorexia sola, sin acudir jamás a terapia. Gracias a su pasión por correr y porque se dio cuenta de que, si no comía, no podía hacer ejercicio.

En su caso la anorexia no apareció durante la adolescencia, sino cuando entró en la universidad. Una amiga la convenció para hacer “la dieta del café” y adelgazó 5 kilos en muy poco tiempo. Desde entonces, lo único que le importaba era perder peso. Perdió 22 kilos en seis meses. “Todos mis pensamientos giraban alrededor de la comida. Ahora me veo en las fotos y no me lo puedo creer, pero es que cuando estás metida en eso no ves ni te das cuenta de nada”.

Además iba al gimnasio y se “machacaba”. Estuvo así tres años. Su entorno se dio cuenta de lo que pasaba, pero “no logró que volviera a comer”. “Me obsesionaba la cocina y, aunque no me comía lo que cocinaba, empecé a interesarme por las dietas y las recetas fáciles de hacer”, dice Alma.

En su caso nunca estuvo ingresada ni acudió jamás a terapia de ningún tipo. Según explica ella misma, lo que la sacó de la anorexia fue empezar a correr: “Una chica que conocí en el gimnasio me contó que se había apuntado a una carrera, y me preguntó por qué no me apuntaba yo también”.

Ahora Alma corre maratones y ultramaratones y correr se ha convertido, junto a la repostería, en su gran pasión. Ambas vinieron de la mano: “Correr me salvó. Me di cuenta de que, sin comer, no podía correr”. Y así empezó un lento proceso de recuperación en el que “lo racionalicé todo y empecé a cocinar”.

“Antes viajaba con frecuencia a Londres, donde los cupcakes estaban muy de moda, y así fue como entré en contacto con la repostería”, explica. Además, cuando empezó a sentirse mejor comenzó a interesarse por “todo aquello que me había privado de comer durante todos esos años, y claro, los dulces y los pasteles estaban los primeros en la lista”. El empujón final llegó cuando se fue a vivir sola a Alemania y empezó a hacer cursos de cocina como pasatiempo. Alma dice que eso fue importante para que empezara a ver el hecho de cocinar y la comida no como sus enemigos, sino como sus aliados. Ahora hasta se ha sacado un título en la escuela de cocina Cordon Bleu.

Como Ana, Alma reconoce que todo el proceso para salir de la anorexia fue muy difícil, pero que ahora ha aprendido a valorarse a ella misma por lo que hace y no por la apariencia y a establecer una relación diferente con su cuerpo. En su caso, además, valora que su entorno no la presionara y dejara que hiciera “su propio proceso”. Alma Obregón ha publicado varios libros de recetas, pero su última obra ( ¡A correr! El País-Aguilar, 2015) está dedicada a contar toda su experiencia.

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